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LA VELA MORADA

  • Foto del escritor: estradasilvaj
    estradasilvaj
  • 1 dic 2022
  • 2 Min. de lectura

Quienes más esperan la Navidad son los niños, y muy posiblemente cada uno de nosotros, porque nos trae la linda ocasión de estar juntos, festejar y compartir.

Hoy me invitaron a almorzar y me llevaron a un centro de comidas que estaba repleto de familias, jóvenes y parejas con sus mascarillas. Tenía más de seis meses de no visitar ese centro.

Me sentí incómodo porque estaba acostumbrado a no salir a un lugar cerrado y concurrido. Almorzamos y salimos pronto de aquel lugar.

Había mucha gente. Todas realizando sus compras. Daba la impresión que el dinero abundaba, pero en realidad eran pocos los que tenían la capacidad de gastar más de $100, 200 o más en un país que estaba hundido en la quiebra.

Termina ya Noviembre y los aires de Diciembre se acercan arrastrando pobreza y desequilibrios sociales.

Sin embargo, las esperanzas abrigan los corazones de este pueblo que no se doblega. La situación es más que terrible en lo económico, pero los deseos de lucha por sobrevivir son inmensos.

Es cierto que nos inquietan las voces que predican aquellos sobre un inmejorable año que se avecina. Quisiéramos escuchar mejores y veraces noticias. No falsas y cínicas.

Pues bien. Adviento es una pequeña etapa del calendario cristiano que nos invita a vivir una esperanza alegre, no triste ni desilusionada. La espera de un acontecimiento que nos convoca a mantener la puerta del corazón abierta, a iluminar nuestros hogares con nuestra fe y de emprender nuevos y decididos propósitos.

Yo abrigo grandes esperanzas, porque sé que Dios permanece a mi lado. Haga lo mismo.

El color morado de la vela de Adviento no es de luto, sino de cambio. De un cambio de ver y hacer lo que hacemos en nuestra vida, en cada hogar, en el país

Me decepciona haber observado que estos meses pasados no hayan aprendido mucha gente a cambiar su modelo de vida y trabajo. No saben aprender.

Esperar no es un verbo pasivo, sino una actitud de disposición de cambiar seria y responsablemente. Si no, la Navidad sería lo de siempre: una noche de glotonería y una fanfarria sin un sentido profundo.

Tenemos que tratar de vivir con sentido profundo. Porque, los cristianos no somos triviales ni superficiales. Somos personas que tenemos una tarea de cambiar nuestro mundo en mal estado.

De no ser así, seguiremos dando vueltas sin encontrar la salida.

Déjeme acompañarles con mi amistad, plegarias y con la sincera invitación que me apoyen a ser generosos con aquellos cuya navidad no es más que contemplar una mesa vacía y una melancólica melodía de fin año. Muchas gracias.


 
 
 

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